En mi casa los libros se contaban con los dedos de la mano. Había algunos de la colección Billiken (Mujercitas, Papaito Piernas Largas, Annie). Y en la casa de mi abuela estaba La Infanta Mendocina, que se lo había ganado mi mamá por tener asistencia perfecta. Eran tan pocos que podría enumerarlos, pero cuando entre los hermanos comenzamos a hacernos regalos mi mamá, que nunca leyó en su vida siempre sugería que nos regaláramos un libro. Leí todos esos libros, incluso más de una vez. Leí Annie con mi hermana, una página cada una. Nos lo olvidamos en el patio y mi mamá lo mandó a encuadernar. La niña colorada y su perro fueron reemplazadas por un poco atractiva cubierta color marrón.
A los 10
años me hice mi mejor amiga de la niñez, Laura. Yo me acuerdo la impresión que
me dio cuando entre en el comedor diario de su casa y había una biblioteca de
lado a lado de la pared, del piso al techo. Y el mueble de enfrente que supe
después al ver sus puertas abiertas, que también tenía libros. Y también en su
habitación había unas colecciones de libros con los que jugábamos al video
club. Laura me prestó algunos libros. Me acuerdo de los de Sissí, la emperatriz
que todas queríamos ser. Y dale con la colección Billiken.
Ahí
empezaron mis ganas de leer sin saber qué. Lo que te prestaban, lo que le
regalaban a tus amigas en su comunión.
En el
secundario tuve a la mejor profesora de Lengua y Literatura de todos los
tiempos, Mónica Elustondo de Rossi, así con nombre completo. Ella cada año nos
sugería 5 novelas en el primer cuatrimestre y 5 obras de teatro en el segundo.
Había que elegir una para leer. Yo leía todas. Ella nos armaba unos
cuadernillos con fragmentos de distintos autores: Borges, Cortázar, Girondo,
Elsa Borneman, Alma Maritano y tantos otros. Mucha literatura argentina y algo
de latinoamericana también. Así conocí esos nombres y empecé a ir a la
biblioteca a buscarlos.
La
biblioteca de mi escuela era chiquita, un aula no mucho más. Ahí buscábamos las
Revistas Tu y Conocer y Saber en las horas libres. Pero también había un
estante con la Tejados Rojos de la Editorial Plus Ultra. Barrí con todo ese
estante. Luego fui a la Biblioteca Municipal, que era más grande, quizás
demasiado para la poca información que yo manejaba. La bibliotecaria me dio Un
Yankee en la corte del Rey Arturo. Me pareció un embole, pero lo leí igual.
Ya más de
adolescente y gracias a mi tía, otra gran influenciadora en mi ser lector,
accedí a su colección de los grandes novelistas de EMECÉ. Quizás sea por ahí
que empecé a comprar mis primeros libros. No recuerdo cuál sería. Pero sí sé
que compramos a medias con mi hermana unos que venían con Clarín (los primeros
ejercicios de los diarios de vender cosas anexas) en una compleja dinámica de
tener que comprar el diario, recortar un cupón. Algo así era.
En los
tempranos años de adultez con sueldo ya el hecho de comprar y de que me regalen
libros se hizo mucho más fluido. La facultad, los nuevos contactos y ni hablar
que Internet ya me dieron todas las respuestas que necesitaba para saber qué
podía leer. Pero ya no tenía tanto tiempo, aunque siempre seguí leyendo. Libros
propios, libros prestados por amigos.
Hace 10
años que leo en Kindle. Me encanta leer, pero tengo cero apego por el libro
como objeto. No me interesa en absoluto que me devuelvan los libros que presto,
los que yo ya leí. Los libros que aun conservo los tengo guardados en un
placard, es decir, no tengo biblioteca, no necesito tenerlos a la vista.
Comparto la
vida con un lector voraz y me encanta poder intercambiar lecturas, archivos y
discutir sobre eso. Lo mismo con amigos con los que comparto el hábito: me
encanta saber qué están leyendo. También disfruto mucho recomendando libros. Pero
jamás fui a un club de lectura ni a una Feria del Libro ni a eventos
relacionados con lo literario.
Hoy por hoy
leer sigue siendo un pasatiempo fundamental en mi vida. Me encanta
especialmente en vacaciones, los fines de semana en la hamaca paraguaya y un
ratito antes de ir a dormir. Si bien el fucking teléfono le compite de cerca,
no perdí el disfrute ni la disponibilidad para la lectura. Registro lo que leo
en Goodreads y en este blog. Me gusta poder trackear esas lecturas, pero como
algo para mí y o para inspirar a otros.
Traté de
criar una hija lectora. Tuvo la misma voracidad que su papá desde que aprendió
a leer hasta que entró en la adolescencia. Cuando llegó a Harry Potter hubo un
quiebre. Leyó la saga en loop como 5 veces seguidas, pero después no encontró
nada similar, que la enganchara tanto y dejó de leer. Confío que va a volver.
Hoy en el
día del libro, esta lectora que no quiere libros celebra y festeja las
historias genuinas y a sus autores, deseando que siempre exista ese momento
para conocer mundos posibles y ampliar la mirada a través de un buen libro.





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