La vida de mi papá se va apagando, como una vela se consume. Su llamita es débil. Una enfermedad lo consume. Le dio pelea, la enfrentó, la acorraló hasta que un día no pudo más. Se tomó un respiro y la enfermedad le ganó una cantidad de lugares en el tablero que ya complicaron la partida por demás.
Mientras tanto enfrentamos en familia los desafíos que supone el dolor físico, el cuidado de un cuerpo de otro, que es adulto, no es un bebé. Vemos temas médicos y analizamos con lupa sus funciones fisiológicas mínimas (si come, si va al baño, si pudo caminar o no). Atrás de todo eso hay una vida que se consume de manera tangible. Y una persona que sufre un padecimiento físico insoportable.
A veces pienso que esa persona que veo ya no es ni la sombra de lo que era mi papá. En algunos momentos logra sentirse mejor, podemos conversar de temas triviales y habituales y vuelvo a encontrarlo en su modo pausado de decir, en su memoria prodigiosa (aunque ahora a veces le falla), en su conocimiento ilimitado de rutas y lugares, en su constancia por rescatar un pasado de juventud a donde siempre vuelve. Un momento entre sus familias (la natal y la que hizo con mi mamá) donde habitan miles de anécdotas de pibe que en los últimos años fue exhibiendo a modo de colección de descubrimientos y aventuras que alguna vez tuvo.
Hace ya varios años que venía pensando en los cuerpos que se dañan, que se van rompiendo. Pero esto es otra cosa. Una situación para lo cual no tengo del todo claro cuáles son las herramientas. Mi cabeza se enfrenta a pensamientos que, si bien son lógicos, muchas veces resultan mezquinos. Creo que como en algún momento leí mucho sobre cómo criar a un hijo, necesitaría bibliografía sobre cómo acompañar a un padre en su vejez.
En medio del proceso decidí no pensar tanto. De estar en este presente, que es durísimo, pero donde hay algo para hacer, aunque sea mínimo frente a la situación. Acompañar a mi mamá, estar en armonía con mis hermanos, dar afecto y también abrirme para recibirlo. Resolver cuando puedo que son menos situaciones que las que quisiera alguna cosa operativa. Es poco el "hacer" que se puede hacer. Pero es lo único con lo que uno a veces encuentra cierto conformismo idiota frente a la situación de dolor que uno enfrenta.
Ponerse en modo operativo quizás también sea un escudo. Una forma de no pensar en los desenlaces que son todos tremendos y difíciles de enunciar.
El dolor de un ser amado te atraviesa. A veces me da pereza ir a Pergamino, enfrentar esa situación. Me castigo por eso. El sufrimiento emocional también te paraliza, te hace sentir inútil, pero creo que no tanto. Sobra el cuerpo, no alcanzan las palabras, pero es más sabido de cómo enfrentar. En medio de esto me emociona el afecto, la compañía y la red que conforma la gente que te quiere, que le pone el cuerpo y la escucha para estar disponible.


