viernes, 23 de agosto de 2013

La maldición del chino de enfrente


Yo era una chica organizada con las compras. Llevaba una lista mental o en papel de las cosas que se iban terminando en la alacena y en la heladera. A eso le sumaba las cosas de limpieza y perfumería y allí partía con mis requerimientos al súper o a la página digital del Coto. En el camino pensaba algunos menúes posibles para las próximas cenas y de esa manera me aseguraba poder preparar algún que otro plato con todos los ingredientes y poder desayunar un domingo sin sobresaltos.
Hasta que me mudé a una casa con un supermercado chino enfrente. Desde entonces mi cerebro cede a la tentación de la frase “cualquier cosa me cruzo al chino” y ya no hace ningún esfuerzo por decirle a mi mano que meta en el carrito del súper-todo-bien lo medianamente indispensable para subsistir.
El chino obviamente está abierto día y noche, hasta muy tarde. No conoce de feriados ni distingue martes de domingos. Siempre abierto en su galpón sin ventanas para venderte el queso para la pizza (sí, varias veces compré todo para la pizza menos el queso, ponele), la cerveza que no quisiste traer desde el súper-todo-bien que está a doscientos metros o ese vinito que prometiste llevar a la cena con amigos.
Ahora me mudo a un barrio con una modesta granjita y cuando digo modesta soy muy generosa. Y encima está como a 4 cuadras de las largas. El chino más próximo ya implica sacar el auto porque por allí la civilización va llegando en cuotas. Yo me pregunto si podré vencer al embrujo y recuperar mis facultades mentales. Supongo que se impondrán frases del tipo “es lo que hay” o “lo hice con lo que había”.

Y ustedes, también cayeron bajo la maldición del chino de enfrente (que también tiene su variante “el almacén de la esquina”, por ejemplo)?
Mi vecino y su particular ortografía

viernes, 16 de agosto de 2013

Llegar a casa

http://images.craftyindividuals.co.uk/

Pasamos años y años hablando del tema. Tardes de domingo, días en la playa. La pregunta era siempre la misma, cómo hacer para tener nuestra casa. Al principio vivimos de prestado en los 30 metros de mi departamento de estudiante. Hasta que el Evatest dio positivo y nos recibimos de inquilinos. En el mientras tanto probamos varias alternativas que no resultaron, desde inscribirnos en un Plan de viviendas cooperativo hasta tramitar un crédito de compra. Nada nos llevaba a donde queríamos y nos parecía una meta inalcanzable.
Un día abrí un sobre que había llegado para una antigua inquilina de la casa en la que vivíamos pensando que era una revista. Era un folleto de un loteo y por joder le dije a él: te tengo la posta. Me acuerdo con precisión de ese día. Era un sábado soleado de invierno, el primer torneo del Fútbol para todos, los primeros meses con la nena, lo cual había aumentado nuestra preocupación por no tener casa propia. Desde ahí una cosa trajo la otra: al día siguiente fuimos a ver el lugar, contamos hasta la última moneda, compramos una promesa, vimos como en ese campo se bosquejaba un barrio, se trazaban las calles, se plantaban los árboles. Nosotros contratamos un arquitecto, hicimos los planos y pasamos de la idea de una inversión a nuestra futura casa. LO que en su momento fue el terreno, en mayodel año pasado empezó a llamarse la obra y hace unas semanas que nos animamos a decirle casa.
Entre el folleto y el día de hoy pasaron 4 años. Nos parece mentira cuando miramos lo que hicimos y no podemos creer que sea palpable y no sea el Autocad del arquitecto. Pasamos nervios, peleas, negociaciones con proveedores, ansiedades. Adquirimos saberes sobre aberturas, caños, pisos, pinturas, luminarias. Nos transformamos en patrones a la fuerza. Nos endeudamos como nunca en nuestra vida lo hicimos y a esta altura ya dejamos de preocuparnos porque sabemos que va a durar años.
Pero nosotros, que pensamos que estábamos condenados generacionalmente a ser inquilinos for ever and ever pese a laburar todo el puto día, finalmente estamos a 10 días de llegar a casa. A nuestra casa. A la casa en la que podré sacar las plantas de las macetas y dejarlas echar raíces con calma. A la casa en la que podremos clavar los cuadros. Al cambio de domicilio definitivo. Allí sueño con mi huerta y la compostera. Allí este día del niño estrenaremos el “tolobán” que ella siempre quiso.  
Para llegar a esto, que claramente era nuestro objetivo desde hace muchos años, la idea fija, tuvimos que sacrificar otras cosas y adaptarnos a la circunstancias. La principal concesión fue la lejanía. Nos vamos a nuestra casa, con patio verde, pero queda a 30 minutos de nuestros trabajos, allá donde el diablo perdió el poncho y donde no llega el colectivo. Eso será todo un cambio para los tres. Y esa es la parte que me asusta, más que las deudas. De aquí en más nuestra organización familiar será otra. Y supongo que nos adaptaremos a eso, a vivir sin vecinos y sin Internet.
Mis sentimientos son cruzados: tengo una enorme satisfacción porque hayamos podido alcanzar juntos este objetivo. Una convicción de que sí, se puede, que deseo transmitir a todas aquellas personas que persiguen este sueño. Si nosotros pudimos, van a poder. También tengo miedo a este gran cambio y ansiedad por saber cómo será todo. Pero bueno, lo cierto es que en pocos días comienza otra historia para nosotros. 

jueves, 8 de agosto de 2013

#fuerza Rosario

El martes cuando llegamos a la oficina nos pusimos a comentar lo poco que habíamos visto de los Martín Fierro. No alcanzamos a chusmear toda la galería de fotos cuando de repente sentimos un ruido impresionante, temblaron las ventanas, se movió el edificio, comenzaron a sonar las alarmas. No entendíamos nada, salimos al balcón, nos miramos unos con otros. A los pocos minutos mediante el Twitter del Blackberry (los sitios web colapsaron enseguida) comenzamos a saber, a desentrañar qué había pasado.
Desde ese martes a las 09.40 esta ciudad que me adopta vive en vilo. Mucha gente se mueve sigilosa con lágrimas en los ojos. El impacto es grande, se siente en el cuerpo y en el alma. No hemos salido todavía de ese sacudón. Ese estallido nos tiene aún temblando.
Mi obsesión está ahora en saber noticias de las 11 personas que aún permanecen desaparecidas, presumiblemente bajo la montaña de escombros que dejó la torre al derrumbarse. No puedo mucho más que chequear las noticias a cada rato, actualizar el Twitter, prender la radio apenas subo al auto. Las caras de esos familiares sentados al cordón de la vereda te atraviesan el alma. El empeño de los encargados del rescate que trabajan con precaución pero sin descanso. Miles de voluntarios, funcionarios funcionando y la gente atenta, expectante.
Pienso en los milagros, me vienen las historias de los sobrevivientes del Tsunami, de los mineros de chile y trato de tener fe.
#fuerzarosario, fuerza para toda la gente que la tragedia los tocó de cerca, les destruyó lo más querido.
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