miércoles, 6 de marzo de 2019

#Veranonotevayas



Aunque técnicamente el verano termine el 21 de marzo, para mí el verano se acaba cuando empiezan las clases. Todavía me quedan las vacaciones de segunda quincena de marzo y sé que probablemente a la pileta de casa le quede un mes más. Pero el estado mental del verano pone su fin cuando hay que preparar la mochila y el uniforme. Es así.
Yo juego siempre para el equipo del verano, lo banco a muerte. Adoro estar en mi casa en verano, andar en patas, los días largos y claros, ver cómo se las arreglan las plantas con el calor y como todo muta en la huerta a un ritmo que no tiene cuando está fresco.
Este verano nuestro esquema familiar cambió ya que en lugar de ir a una colonia de doble turno, Amparo fue a dos distintas: una en Rosario, grande, de club importante con 1500 pibes y otra en el barrio, donde llegaban de pedo a la docena de niños pero con unas profes que le pusieron todo el corazón. La colonia de la tarde marcó el hito de ser el primer lugar al que ella puede ir sola y en bici. Los días que llegábamos juntas a casa me encantaba verla en su bicicletita, todavía en malla y con la mochila colgando andando por esas calles llenas de pozos pero que habilitan esta libertad. Sobre fines del verano ya se había armado la barrita del barrio con la que arman planes para reunirse nuevamente a la tardecita y salir a andar en bici. Esto es una de las cosas más lindas que me trajo el verano.

Hoy ya comenzó cuarto grado y con eso mi verano va cerrando su capítulo. Siempre me queda la sensación de que podríamos haber hecho más con él: más reuniones con amigos, más días de cenar afuera, más planes de aire libre. Pero sucede que las fiestas se llevan puesto a diciembre y enero fue bastante fiasco en lo que a clima respecta. Y el pobre febrero, con sus poquitos días hizo lo que pudo. Me queda consuelo que en unos 9 meses tengo mi revancha
 
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