Mi papá respiró por última vez el lunes pasado. Tomo una cantidad de aire como habría hecho tantas veces en 85 años y luego hizo como si se fuera a tragar todo ese aire y ya no lo volvió a hacer. Nunca sabemos cuál será nuestro último respiro, ni nuestro último momento.
La última semana fue una de las más raras de mi vida, que siguieron a unos tres meses también extraños, donde vi agonizar a mi papá, donde aprendimos a cuidarlo y él a entregarse a esos cuidados. Aprendimos a acompañarnos sin pensarlo demasiado. Haciendo lo que se podía hacer, midiendo cada signo vital, cada indicador de ese cuerpo demasiado dolorido.
Desde ese mediodía habito un mundo en el que mi papá ya no está vivo. Un mundo que no conozco del todo. Nunca se es lo suficientemente grande ni se está preparado para ver a un padre en un cajón. Ni siquiera yo que me pasé semanas soñando con las salas velatorias.
No creo en la vida después de la muerte. Creo que la tele se apaga con ese último suspiro y lo que queda son los recuerdos que dejaste en quienes te conocieron y te mantendrán en las cosas que digan de vos para que mantener ese recuerdo vivo.
Tuve un papá por 50 años y una paz de saber que no me quedan cosas pendientes por decirle o hacerle saber. Él sabía lo mucho que todos nosotros lo queríamos. No tengo dudas. No era una persona de las palabras, era de los hechos y creo que le demostramos con hechos a su vez cuánto nos importaba y lo unidos que podíamos estar por una causa común. Creo que el dolor no le permitió irse en paz porque su cuerpo era ya un infierno de padecimiento. Pero si en alguna parte encontró consuelo fue en ese cuidado familiar. Igualmente, nunca lo dijo. Pero elijo creer que lo sabía.
Mi papá, Pelusa, fue un hombre simple, sin dobleces. El último ser analógico de mi entorno. Observador de la naturaleza, conocedor de varios temas sin método ni ciencia. Una persona en un permanente hacer algo sin ser impaciente. Era tranquilo en sus movimientos, pausado en el hablar, aunque de mecha corta y gran capacidad para el enojo. Sabía arreglar varias cosas, a su modo. Ataba con alambre desde mucho antes de que Copani hiciera la canción.
Fan de las motos y los viajes. En otra vida seguramente hubiera sido un trotamundo pero solo salió de Pergamino (es más, solo salió del barrio al que él llamaba San José) para hacer la colimba, la gran aventura de su vida. Alguien dijo en su velatorio que no le quedó lugar por conocer. Es mentira, él siempre tenía lugares pendientes, viajes en mente. Sabía las rutas argentinas de memoria y jamás usó un GPS. Le encantaba descubrir nuevos caminos, aunque muchas veces se perdía.
Seguidor del automovilismo especialmente del rally, al que fue 34 veces. Era referente, todo el mundo venía a consultarle. Muchos lo quisieron llevar de acompañante, pero a él le gustaba ir solo. Seguidor también de la Fórmula 1. El automovilismo era parte de su mundo privado. Sus anécdotas eran siempre de tiempos de juventud, de antes de casarse. Un mundo de adultos que lo querían sin ser su familia, de aventuras en moto o en autos que nunca pude identificar. Tenía una memoria prodigiosa para recordar detalles e historias.
Mi papá llevaba siempre un pañuelo de tela en el bolsillo, con el que les limpió los mocos a todos los nietos. Cuando los chicos empezaron a hablar, los grababa con un grabador de manos que después perdió y luego andaba siempre sacando fotos con su tablet. Esas fueron sus licencias tecnológicas. Poca bola al celular, pero me llamó para mi último cumpleaños ya desde la cama.
Un ser friolento, como yo, de manos heladas y espalda huesuda. No se sentaba a la mesa hasta que no nos había dejado pedacitos de asado que elegía para cada uno. Y nosotros repitiendo a cada rato, papi sentate. Pero no se sentaba nunca, había que seguirlo con el mate en la quinta. Siempre tenía un yuyo por arrancar, una planta por podar, una pared que pintar. Un Pelusa system para cada cosa. Mi papá hasta no hace mucho tiempo hasta miraba la tele de parado. Justo a él una enfermedad puta lo tiró 3 meses en la cama y él decía qué mierda hago acá, yo acostado sin hacer nada.
Escribo todo esto y siento que va a volver a suceder cada cosa, no más llegue el verano puede estar de nuevo en la quinta, con la gorra chanfleada y las chancletas a medio calzar. Ese último suspiro que yo misma vi, no existe. Va a volver a jugar al truco con los nietos, a despotricar porque le venden algo que no es lo que había pedido, que lo quieren cagar porque lo ven viejo. A calzar su carterita donde siempre hay un peine, auriculares y en el último tiempo, medicación. Mucho más de lo que él hubiese querido tomar.
El último día del padre nos dimos cuenta de que, con las letras de nuestro primer nombre, el de los 3 hijos, se forman las iniciales de mi papa: CJF. Hoy yo me preguntaba además de eso qué rasgos o qué gestos de mi viejo quedarán en nosotros o en nuestros hijos donde podamos reconocerlo. Ojalá que sean muchos, que nos habite su nobleza, su sencillez. Que la gente nos recuerde cómo lo recordaron a él por haberlos ayudado en algo, por un gesto solidario. Un hacer, siempre un hacer.


